Una noche tánica – El Conocedor

Proyecto TriDente cruzó la General Paz en busca de la propuesta gastronómica de Estación de Vinos, una vinoteca ubicada en Ingeniero Maschwitz que acaba de sumar restaurante a su muy completa oferta de vinos.

Taninos apertura

Por Proyecto TriDente | Comunicación Eno-Gastronómica

 

¡Otra vez tarde! Ya comienza a convertirse en un clásico: Diego Gaona fue el último en llegar una vez más; en cambio, Daniel Rosa siempre puntual. Esta nueva aventura de Proyecto TriDente comenzaba con un viaje en auto hasta Taninos, en Ingeniero Maschwitz, provincia de Buenos Aires. El punto de encuentro era en el barrio de Belgrano, ¿dónde? en la esquina de la casa del tridente más joven, ¿el malcriado del grupo?

 

El viaje en auto fue relativamente corto. Al llegar nos recibió Machi Videla, dueño de Taninos y vinoteca “La Estación de los vinos”, donde funciona el restaurante. Para los dueños, la calidad de los platos es tan importante como la atención al cliente: “Cierro la puerta para tener que abrirla”, afirma Machi y explica: “Cuando llegan nos acercamos para recibirlos, tanto para el restaurante como para la vinoteca. Cuando uno aborda a un cliente que está mirando un vino puede ser muy brusco; en cambio, si les abrimos la puerta es una bienvenida, es más cordial”.

 

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En el caso que vayan a comer y no a comprar vinos, te acompañan hasta la mesa y antes de que puedas ver la carta ya tenés en tu mano una rica copa de vino espumoso.

 

Daniel Rosa (DR): “Le debemos decir Champán, ni espumante que está mal dicho, ni espumoso que suena horrible. Champán es mucho más argentino”.
Pancho Barreiro (PB): “Champú o champucito es mucho más argentino… aunque admito que no sé si sería muy ‘marketinero’ en el extranjero”.
Diego Gaona (DG): “Vidal Buzzi decía que es vino espumoso y no espumante que refiere a los italianos. Pero en casa le decimos Champagne”.
▬ DR: “¿Queda claro quién es el pituco del grupo?”.

 

Ya sentados, aunque no todos… Daniel Rosa estaba hipnotizado en la vinoteca viendo con qué vino comenzábamos la noche. Un detalle importante es claramente el vino, la estrella del lugar. Hay tres formas de que llegue a la mesa:
► Lo habitual es leyendo la carta de vinos; pero Taninos cuenta con más de 1800 etiquetas y es muy difícil llegar a leer todos.
► Con el asesoramiento de alguien del lugar, quienes gustosos lo eligen dependiendo de los platos pedidos por el comensal.
► Ir al sector vinoteca y elegir el que uno quiera, (“la forma más divertida”, según Daniel Rosa).

 

En todos los casos, el precio de los vinos es el mismo en la vinoteca como en el restaurante, o sea, te sale lo mismo beberlo ahí que llevándotelo a tu casa. “Uno no está vendiendo un vino, si no un momento”, dice Machi y agrega: “Todos van a un restaurante a pasarla bien, si la pasan mal es culpa de uno”.

 

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Al volver a la mesa, Rosa se encontró con una charla gastronómica entre Machi y Gaona: nuestro coequiper es chef y desparrama sus conocimientos. Mientras tanto, Barreiro se emocionaba con la canasta de pan, bien variada y “calentita”. “¿De qué hablaban?”, preguntó Rosa a Barreiro, que respondió sin titubeos: “No tengo la menor idea, estaba muy concentrado en los pancitos; están recién hechos”.

 

La propuesta de Machi fue prepararnos un menú degustación para probar gran parte de la carta. Los fuegos de Taninos están a cargo de la chef Micaela Conesa, quien trabajó en Azul profundo y el restaurante del Caesar Palace Hotel, entre otros. “No me meto en la cocina, sólo me ocupo de llevarle la mejor materia prima”, dice Machi Videla, pero aclara: “Sólo me guardo el poder de veto… si hace falta”.

 

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Las entradas fueron burrata y jamón crudo, muy bien condimentada con oliva, pimienta y verduritas blanqueadas. Siguieron unos tequeños de queso de cabra y chili (“bien sabroso, pero hay que ser guapo para bancar el picante”, dijo Daniel Rosa) y tiradito de salmón. Para acompañar las entradas Machi eligió dos Sauvignon Blanc: Finca Sophenia –que a pesar de ser 2013 se mostraba muy fresco– y Mariflor, de Michel Rolland.

 

El tercer paso sorprendió a todos: una delicadeza de pastel de centolla, un plato impecable y muy sabroso.

 

▬ PB: “No es un pastel de papa Rosa, es pescado… pescado”.
▬ DR: “Aunque parezca mentira me hace acordar al pastel de papas que hacía mi vieja, y aunque sea pescado está buenísimo en sabor y textura”.

 

Los platos siguientes fueron Atún rojo y Pulpo al hierro. La elección del tercer vino fue casi de manual: Pescado = Vino blanco; pero al tratarse de pescados “poderosos” el vino debía estar a la altura, no podía ser un “blanquito”. La elección de Machi en este caso fue un Diamandes Chardonnay.

 

▬ PB: “Gran blanco del Valle de Uco con toda la potencia de un tinto ligero, o más”.
▬ DR: “Creo que encontré mi blanco”.

 

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Al parecer nos vieron cara de hambre: acto seguido apareció un Rack de Cordero (de un tamaño tipo mamut) con cebollas al vino tinto y puré trufado. Tranquilamente podríamos haber seguido con esa delicia de Diamandes, pero Machi le pide al mozo el Cabernet Sauvignon Reserva de Familia de Bodega Sottano: Bien especiado y de un gran volumen, ideal para ese Rack.

 

Como la felicidad parecía no terminar nunca, el dueño de casa se levantó de la mesa dirigiéndose a la cava, la contempló un buen rato y hasta que llegó la dupla más vinera: Rosa-Barreiro. Mientras ellos observaban el “paisaje etílico”, Machi ya había elegido cual sería la botella de cierre: Marchiori & Barraud Cuartel 5 Cabernet Sauvignon 2010, de Bodega Cobos, dueño de una acidez impecable de un largo impecable en boca.

 

A la hora de los postres, al igual que con el resto de la comida, la joven cocinera nos tenía preparado un popurrí de lo mejor de la casa, desde mousse de maracuyá hasta un postre de chocolate bien goloso, pasando por helado con frutos rojos y una créme brûlée, que a Daniel Rosa no le llevaron… aunque los rumores afirman que en un descuido Barreiro se la robó.

 

▬ PB: “No hago declaraciones al respecto”.
▬ DR: “Todo vuelve… la venganza es un plato que se come frío, aunque en este caso será flambeado”.
▬ DG: “Compórtense como dos personas adultas, por favor”.

 

El final de la noche, sólo ameritaba una cosa para volver sanos y salvos a casa: ¡Tres cafés!

 

 

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